Elvira la cocinera
Morgan Smith | For The New Mexican
Posted: Sunday, February 12, 2012
- 2/13/12
     
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JUÁREZ -- Son las siete de la mañana y estoy cruzando la frontera a la puerta de Santa Teresa cerca de Ciudad Juárez. Es Año Nuevo. Está obscuro y frío. No
puedo ver más que las siluetas de los cinco soldados en el punto de revisión.

Afortunadamente, no quisieron inspeccionar mi coche, llevo un montón de ropa usada para regalar.

Viene el alba; el cielo se pinta rosado pero todavía no hay sol. Está a 42 grados. Veo un hombre llamado José Luis caminando entre el viento. Está perdido y le doy un "aventón" hasta la carretera.

Ya viene el sol. Estoy en una zona de desierto, polvo, chatarras, edificios abandonados, frío, pobreza, soledad. Todo el mundo está durmiendo, hasta los perros. El viento causa el ruidoso sonido de hierro laminado. Es como si fuera el fin del mundo pero con la salida del sol, es un momento mágico y raro. Como si yo estuviera en otro planeta.

¿Qué va a traernos este año nuevo? ¿Qué va a pasar aquí en México? Elecciónes presidenciales. Un nuevo presidente. Pero, ¿menos violencia? ¿Más trabajo? ¿Apoyo social? ¿Alivio y paz para los que sobreviven en la frontera?

Mi destino es Visión en Acción, el asilo en el desierto.

Veo movimiento. De hecho, siempre hay personas trabajando, limpiando, preparando la comida, buscando leña en el desierto. Atrás tienen animales - ocho puercos y un pavo enorme. Hay tendederos para las cobijas que se lavan cada día. Es un trabajo enorme porque viven adentro cien personas.

Al llegar, hablo con Josué Rosales, el encargado en la ausencia del Pastor José Antonio Galván. Malas noticias. Un paciente llamado Victoriano escapó anoche. Yo no lo entiendo. ¿Por qué escapar? ¿A dónde ir? Afuera no hay nada más que desierto, viento, frío. Caminando, Juárez está lejos. Unos días antes escapó un joven llamado Cabrales, un joven guapo pero peligroso. Él trabajaba en la cocina, trabajaba en silencio. Afortunadamente, Cabrales regresó al asilo anoche.

Yo visito al asilo cada mes. Llevo ropa, dulces, pintura. Compro anticongelante para las dos vans. Saco fotos y escribo artículos, principalmente para La Voz de Nuevo México.

Los pacientes que viven aquí antes estaban viviendo por las calles de Juárez, comiendo basura, sin familia. Son pacientes salvados por el Pastor Galván.

Cada mes hay cambios. Por ejemplo, Benito Torres ayudaba a Josué y al Pastor, pero tuvo un episodio bipolar, se volvió peligroso y lo tuvieron que poner en una celda. También Jaime, una persona muy útil, muy amable, pero que por igual sufre de episodios bipolares.

El Pastor dice que sus pacientes son "tesoros escondidos" y yo lo creo. Cada mes veo mejoramientos. Marta, la mujer de mi artículo "Salvando a Marta", publicado en julio pasado, pudo salir y regresar a su familia. Adolfo, el hombre con el tatuaje de una araña en el cuelo, también salió en buenas circunstancias. Tomo un café con Josué. Josué llegó aquí casi muerto por consumir drogas pero sobrevivió y se recuperó. En California sirvió más de ocho años en las prisiones Folsom, San Quintín y Susanville. Pero ya parece ser más responsable.

"Vivo por ellos, los pacientes", dice Josué.

Llega Elvira, la cocinera, con sus nietos, Héctor, 14 y Leira, 13. Ellos han estado con Elvira desde niños. Su padre vive cerca pero no está interesado en ellos. Ni les llamaba durante Navidad.

Elvira lleva muchos años trabajando en el asilo; prepara cien comidas por día con un equipo de pacientes que le ayuda: Gema, Memo, Jaime (cuando no está en la celda), Cabrales (a veces) y Mariposa, la pintora. Pero ahora Elvira está afilando sus cuchillos. Tiene seis, todos muy usados, sin filo. Tiene la lima en una mano, el cuchillo en la otra. Héctor observa.

"¿Qué haces?" pregunto. "Voy matar una de las puercas", me contesta Elvira. Afuera los puercos viven en un pequeño corral; Memo les da cebollas y los cerdos comen con una ferocidad. Cerca hay un enorme barril lleno de agua calentándose con el fuego de leña. Necesitan agua caliente para sacar el porcipelo de la puerca. Elvira afila sus cuchillos y nosotros esperamos el hervor del agua. Los puercos comen, sin saber lo que les espera.

En fin, el agua está hirviendo. Elvira sale con los cuchillos, Leira y Héctor detrás de ella. Vienen varios pacientes: el Cholo que es peligroso y se queda en la celda la mayoría del tiempo, Jaime en un chaleco de muchos colores, Gaspar en su uniforme de soldado, Juan Carlos con un chaleco que dice "Alabama", y otros.

Entran al corral y se acercan a los puercos, intentando capturar la puerca que Elvira quiere matar. Empiezan a correr. Alguien tiene un lazo como un vaquero pero no puede lazar a la puerca.

Pienso que ellos tienen miedo, aunque la puerca no es grande. Pasan casi 15 minutos. Todos corren de un lado del corral al otro. Los puercos lanzan chillidos agudos. Hay polvo, viento.

Al fin, todos saltan encina de la puerca. Ya no se puede mover. Llega Elvira con un cuchillo.

Poom. Poom. Dos puñaladas fuertes. Más chillidos del animal. Sangre y la muerte.

Después los pacientes ponen la puerca sobre una mesa, cerca del fuego y el agua que hierve. Jaime echa agua caliente sobre el animal y los otros pelan el porcipelo.

Es trabajo duro pero la experta es Leira. También Héctor, muy trabajador.

Ha llegado el Año Nuevo. Van a comer bien en el asilo. La puerca y los dulces que les llevo.

Es un momento de alegría. Alegría en el desierto.

Morgan Smith es un reportero autónomo y contribuye mensualmente para La Voz. Comuníquese con él a morgan-smith@comcast.net.






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