Era el lunes, 3 de octubre y la línea de la frontera estaba parada. Había una cola enorme por el lado mexicano y no nos estamos moviendo. Había muchos soldados, bien armados, con preguntas para todos.
También habían dos mujeres vendiendo sombreros e imágenes de madera plasmadas con la figura de Jesús. Pero no vendían nada. Los viajeros, parados en sus coches, no les hacían caso.
Entonces, hablé con ellas y saqué fotos. La señora mayor se llama Cármen. La otra, Cecilia. Cecilia dice que viene de Oaxaca. De la sierra, no de la ciudad. Vino a Juárez con su familia porque no hay nada en Oaxaca. No se puede sobrevivir, dijo ella.
Casi dos meses después regresé a México. Ahora es viernes, 25 de noviembre y mi destino es el asilo del Pastor José Antonio Galván, el asilo en el desierto. Traigo una caja enorme, llena de dulces para los pacientes. Esperamos una cena de pavo. El Día de Acción de Gracias pero un día después.
Tengo conmigo una foto de Cecilia. Pregunto por ella. Hoy hay como diez vendedores. Es un día frío. Polvoroso. Un viento fuerte. Ya viene Cecilia y su sobrina, Rosa, también de la sierra de Oaxaca. Pero no tienen ni sombreros ni Jesús. Charlamos un poco y entonces decidimos ir a Juárez en mi coche para buscar una estatua.
Ellas son indígenas mixtecas y hablan el dialecto mixteco. Son de un pueblo de cien personas que se llama San Miguel. En el estado de Oaxaca, hay entre 16 y 18 grupos indígenas. Los mixtecos son el segundo grupo indígena más grande, con una población de aproximadamente 245,000 personas. Son granjeros, viven en la sierra donde hay transporte limitado, lejos de Oaxaca, la capital.
Es una vida dura. Cecilia dice que nunca ha visitado la ciudad de Oaxaca. De su pueblo, sería un viaje de dos días, 12 de esas horas andando. Por eso se vino a Juárez hace ocho años. Sus abuelos se han quedado en San Miguel pero ella no puede visitarles; no tiene el dinero. Vamos manejando paralelo a la enorme cerca fronteriza. Es una ruta que no conozco pero parece seguro estar al lado de la cerca. Al frente se puede ver la torre abandonada de la fundidora de Asarco. Cecilia y Rosa hablan entre ellas en mixteco.
Cecilia dice que tarda una hora y media ir de su casa a su puesto al lado del puente fronterizo de Santa Teresa. No tiene coche y tiene que pedir 'un aventón'. Dice también que llegaba a Santa Teresa a las siete de la mañana y normalmente vende una o dos cosas por día. Entramos a Juárez. Estoy nervioso. No me gusta conducir aquí.
Afortunadamente, ellas viven en las afueras de la ciudad. Es una zona muy pobre. Calles de tierra. Un viento muy duro, frío. Llegamos a su casa, una casa alquilada. Cecilia va adentro para buscar las cruces (hoy no tienen sombreros).
Yo me quedo en la calle con Rosa y dos de los hijos de Cecilia. Son cuatro en total. Esteban, 15; Iván, 13; Claudia, 10; y Gabriela, 3. Pero estoy con Iván y Claudia, dos jóvenes muy impresionantes. A Iván le gusta estudiar ciencia. A Claudia Español. Los dos quieren ser maestros. Rosa también es estudiante en la universidad cuando no está vendiendo cosas en la frontera.
Aunque han venido de una pobreza tremenda de la sierra de Oaxaca - hablando nada más que mixteco - se han asimilado muy bien. Se han asimilado entre la pobreza. La falta de trabajo. La violencia.
Compro cuatro cruces. No sé qué voy hacer con ellas, pero en ese momento no me parece importante. Posiblemente mis pequeñas compras fueron un alivio en un día de frío, viento, polvo y pobreza.
Morgan Smith es un reportero autónomo y contribuye para La Voz. Comuníquese con él a morgan-smith@comcast.net.
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