Después de veinte años de haber sido honrada Latinoamérica con el Nobel de Literatura, a través de Octavio Paz (premiado en 1990), el gran escritor peruano Mario Vargas Llosa es galardonado con la máxima distinción literaria que existe en el mundo.
Sin duda es un premio merecidísimo y seguramente todos los latinoamericanos sin excepción nos sentimos orgullosos, sobre todo aquellos que nos formamos en nuestra adolescencia con las obras de este peruano universal. Vienen a mi memoria los libros de Los jefes, La ciudad y los perros, La casa verde, Los cachorros, Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor y La guerra del fin del mundo. Cada uno de ellos con sus críticas al sistema, a la Iglesia Católica, a los militares, a los fanatismos religiosos en general, pero también con sus entrañables personajes apasionados, rebeldes, poéticos y locos.
Esas obras eran materia de largas discusiones entre los compañeros de universidad, charlas acaloradas que comenzaban en los pasillos de la escuela y se trasladaban luego al café por las tardes, e incontables veces a las cantinas de bajos fondos del Puerto de Veracruz por las noches.
Sus temas e ideas polarizaban nuestras pláticas; algunos nos rendíamos incondicionalmente ante el maestro del lenguaje y la técnica, otros le reprochaban. Sin embargo, todos sabíamos y lo aceptábamos como un gran escritor.
Luego vinieron otros libros, novelas más politizadas, ensayos donde dejaba salir ya no al escritor reflexivo y crítico sino al ciudadano que descreía de la izquierda y proclamaba su fervor por el capitalismo. Sus ficciones comenzaban a adolecer de aquella chispa de pasión que encendía la imaginación y los ánimos, para convertirse en diatribas en contra de las ideas que ensalzaban un incipiente socialismo en varios países de América Latina.
Incluso, llegó a participar en las elecciones de su país para presidente de la república. Luego, ante su fracaso, se mudó a Europa y se nacionalizó Español.
Fue entonces cuando lectores como yo dejamos de seguirlo, tomando cierta distancia y, de manera literaria, hasta enfrentándonos a él. Algo de lo que no habría que espantarse.
Los hijos, casi siempre, terminan por tomar distancia de sus padres, sean biológicos o literarios. Sin embargo nunca se podrá negar la gran influencia de las enseñanzas de nuestros tutores, influencia que sin duda deja siempre una honda impronta en nuestros corazones, en nuestra manera de pensar y de concebir el mundo.
Los libros que mencioné al principio están en un lugar privilegiado no sólo de mi biblioteca personal sino de mi formación como lector, como escritor, como ser humano, y con ese "simple" puñado de grandes obras de la literatura hispana y universal, basta y sobra para que me sienta enormemente orgulloso e inmensamente feliz de saber que Mario Vargas Llosa ha sido por fin reconocido con el Premio Nobel de Literatura 2010. Enhorabuena querido maestro.
Luis Horacio Heredia es un reseñista que vive en Santa Fe. Escríbale a luishh63@yahoo.com.mx.
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